martes, 28 de agosto de 2007

ODA A UN GATITO MUERTO

"Han pasado varios días y no te he vuelto a ver. extraño todo de ti. extraño todo de ti, recuerdo tu respiración durmiendo a mi lado. te gustaba Como acariciaba uno a uno tus cabellos para hacer menos hostil el momento. liberabas así demonios externos que existen Pero no los quieres y aún así los tienes..."

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Lo que aprendí leyendo a… ¡Que viva la música! de Andrés Caicedo

La vida de adolescente es una dolencia que se supera rápidamente, claro está para algunos. Cuando leí el libro de Andrés Caicedo, ¡Que viva la música!, descubrí en él un mundo mágico.

Yo adoro la música sobretodo el buen rock, en mi primera etapa de adolescencia lo conocí por medio de un amigo del que ya no sé nada, pero que me dejó una gran herencia musical. Uno a esa edad es muy radical, como dijo una vez un poeta amigo: “cuando uno es metalero no puede ser otra cosa más que metalero”, ahora lo comprendo. Uno es inmaduro y no ve más allá de sus narices, no se puede escuchar otro tipo de música, no se puede vestir de blanco o colores similares, sólo se aceptan los taches, el negro, los pantalones entubados y la camiseta con el nombre de “una buena banda de metal” y su círculo de amigos sólo puede ser el mismo , ojo con que entre alguien ajeno, no no no, eso es prohibido, pero con el tiempo y los años uno se da cuenta de lo absurdo que se es a esa edad.

En la novela de Andrés Caicedo la protagonista Maria del Carmen Huerta alias la mona, es una rockera empedernida que en medio de la rumba conoce la salsa, género musical que por ahora me gusta demasiado, y del que estoy empezando a conocer; uno a través del tiempo descubre otros tipos de música y que son realmente muy agradables, al fin y al cabo música es música.

Pero bueno esto es sólo una de las cosas que aprendí de este libro, otra cosa que me lleva a pensar de esta novela, única novela terminada por el autor, como una de la más impactante que he leído, es el hecho de la vida de la protagonista. Nunca he vivido el mundo como el de ella, que baja hasta el pozo sin fondo de sus propios excesos, pero que me gustaría vivir algún día. Lo haría de no ser por la herencia que nos dejó la religión y esa moral occidentalista que nos vende la idea de que todo es pecado, no hagas esto, no hagas aquello, se ve mal. Realmente yo no podría hacerlo me acusaría la conciencia, por eso pienso que al leer ésta novela es una forma de liberarse, es vivir con la protagonista uno a uno sus momentos de goce, de extremas aventuras; además rescato mucho el hecho de que el autor escogiese a una mujer para desarrollar este papel, a una mujer con alma de hombre, arriesgada y sin temor alguno. Sobretodo en una cultura machista donde la mujer siempre ha estado sometida; si un hombre tiene más de una mujer se le considera todo un macho cabrío y se le halaga su accionar, pero si se invierten los papeles, pobrecita de ella, la despellejarían viva, esto sin ánimo de llevar u un debate de feminismo.
En fin es una mujer a la que no se le ve mal todo lo que hace, nada mal, al contrario es toda una heroína, mi heroína.